GILDA

“GILDA”

No te quites los guantes.
Apoya bien la punta del tacón en mi pecho,
sacude tu melena pelirroja,
sube el cuello de nieve vaporosa
y enseña la cascada de carmín al cantar.
¿Quieres que te dé fuego? No todas las mujeres
fuman porque estén solas.
Lo has dicho muchas veces: muchos hombres se acuestan
con Gilda, y se despiertan
con la mujer cansada del espejo,
la que no luce el sol en los tobillos de ante,
la que no es de marfil en los costados,
la que no se desnuda bajo el satén oscuro
mientras sus muslos guardan manantiales de sal.
Puedes pegarme ahora. Abrásame la cara.
Después yo soltaré mi palma en tu mejilla,
te giraré de un golpe, te aplastaré los labios
con el beso más hondo después del desayuno.
No te quites los guantes. Ni tampoco el pijama
que te presté al llegar y que te queda grande.
Tengo la mantequilla que te gusta,
y la camisa a cuadros, y guardo el jersey verde
con que dormías a veces cuando venías a casa.
Déjame que te cuide, bailarina en vaqueros
con los ojos dormidos, temblor de mariposa,
asómate a la luz desde el salón
y vámonos al campo a pasar el domingo.