El alma de la tierra

El alma de la tierra

A mi hija Constanza

Soy el alerce desnudo bajo la lluvia.
Soy el percherón nimbado por el vaho de sudor.
Soy la manta empapada del peón taciturno.
Soy el trigo puesto a buen recaudo.
Soy la vía férrea abandonada a su propia suerte.
Soy la moneda oxidada de un peso de otra época.
Soy la piedra de tope de una estación cargada de pesares.
Soy el peuco emboscado esperando que escampe.
Soy la liebre alerta en el bebedero.
Soy el chonchón titubeante de la carreta.
Soy el hacha ociosa clavada en el tocón.
Soy el zorro que bosteza de hambre en su madriguera.
Soy el coipo soterrado en sus túneles.
Soy la bosta humeante en el corral.
Soy el bote solitario amarrado al embarcadero.
Soy la hoz afilada en el yunque del herrero.
Soy el gallo giro picoteando nervioso.
Soy el perro del hortelano que gruñe sin saber porqué.
Soy el relámpago que hace relinchar a la yegua.
Soy la luna escurridiza como un espejo entre los cirrus.
Soy el tucúquere mimetizado con el ramaje.
Soy el murciélago colgado de la viga en la capilla.
Soy el humo que se desprende de la choza con pesantez.
Soy la veleta que nortea inclemente en el tejado.
Soy la gotera intermitente en la galería.
Soy la puerta que se abre para el huésped.
Soy el leño que gime lamido por las llamas.
Soy el niño que garrapatea sus deberes a la lumbre del hogar.
Soy el plato de sopa humeante servido por la madre.
Soy el pan mordido y desmigajado sobre el mantel.
Soy el rubor de las mejillas de las jóvenes confidentes.
Soy la colisa de pasto que sirve de lecho al afuerino.
Soy la savia que palpita en el interior del tronco.
Soy el trueno que pugna en el seno de la peña.
Soy la sangre que bulle por todo el cuerpo.
Soy el silencio que nutre y apacienta el corazón.
Soy el alma de la tierra como la brasa entre las cenizas.