Claudia Donoso

Santiago 1962

Periodista, fotógrafa y escritora. Se inició en el collage en 2011. Su primera exposición individual Jolie Madame (2012) se realizó en Galería CasaE de Valparaíso, su última individual Mesopotamia (2018) en Galería D21 en Santiago de Chile.
En 2019 publicó su último libro Enrique Lihn en la cornisa con Editorial UDP y actualmente trabaja en el libro Conversaciones con Stella Díaz Varín para la misma casa editorial.

¿Es posible afirmar que uno ha sido “permeada por la Antigua Persia y la Mesopotamia”? Lo es.

¿Conviene o no conviene abusar del entrecomillado? Conviene y casi todo llama a ello.

¿Resulta contraindicado “encerrarse en uno mismo” y entregarse a la disipación íntima? Por el contrario: es una manera de responder “a la circunstancia histórica”.

¿Será cierto que se puede “profundizar” en la forma? Se puede y también es indudable que una forma llama a la otra.

¿Existe o no existe “la inspiración”? Sin duda existe así como existen los poderes ocultos del amarillo yema de huevo y del verde inglés.

Esta es una mujer desnuda colgada de los pies por lo que al estar su cuerpo invertido caen sus carnes hacia abajo. Es un cuerpo añoso. Esta otra es una mujer desnuda, de carnes firmes, que también cuelga de los pies. Un cuerpo colgado al oriente, el otro al occidente. La más joven le dice a la más vieja, ay madre querida, pesan en mi cabeza las imágenes apiladas como mazorcas en un zaguán. Mis ojos aún no están secos y alcanzo a ver una escalera que desciende sin fin en espiral. Si desfallecemos nos cortarán por la mitad responde la madre. A nuestros costados hay niñas y mujeres hundidas como coles en el barro y por allá una carreta desbocada corre cerro abajo sobre una sola rueda. Esto puede ser eterno, mal hicimos en pensar. Habla la hija. Más allá lo que veo es un horizonte de incendios y la silueta negra de unos acantilados. Más acá hay conejos y ranas tocando unos tambores, mientras las aves baten las alas sin poder volar. A mi izquierda atardece dice la madre y por todas partes, escaramuzas, locura y soledad.

Ninguna otra concursante la supera en la monta del toro. Acoplada al animal salvaje y con los senos al descubierto, la esclava circunvala la pista en aterrante carrera. La plebe la ovaciona y se pregunta cómo logra que el toro le obedezca. Su cintura es el eje de su prodigioso equilibrio, sus caderas responden al mandato de la tierra. Un afuerino decide seguirla donde quiera que vaya para dibujarla y perpetuar su nariz fabulosa. Hélo ahí espiándola en la taberna donde los viejos cretenses se juntan con sus flautas y mandolinas a tocar melodías anteriores a la letra escrita. Ella simula indiferencia deleitándose con el sigilo del hombre que se ha convertido en su sombra. A lo lejos se escucha el mar de luna creciente donde revienta una ola seguida de la próxima que la supera y la desmiente.

El imprudente va tras la mujer que apura el paso hacia las lindes de la ciudad de Heraklion donde se emplaza el bramadero. Empujado por los vientos, el nocturno clamor del toro llega a oídos de la esclava. En penosa agitación, el vacuno llama a su dueña retenida por los festejos en honor a Dionisios y, sombrío, teme la ruptura del pacto. Robusta es la espalda del hombruno animal erguido sobre sus patas traseras. El afuerino se interna tras la mujer por el laberinto y la ve ceder mientras los rizos negros del vacuno caracolean sobre su vientre. Con su muelle hocico el toro asciende hasta sus senos y desciende a lamerle el humedal. Su aliento es cálido, su lengua áspera y el afuerino asiste al rito de la bestia por entre las rendijas al tiempo que ella, indolente, le entrega a él su nariz de perfil inmortal.