Francisca Santibáñez

Santiago 1985

Poeta y docente. Publicó el poemario La materia del sueño (2018). Trabaja en mediación de la lectura en Bibliotank y la Biblioteca de Santiago. Desde 2014, desarrolla talleres de escritura creativa.

CUBRO CON AGUA la piel del durazno, froto su aspereza. Toco el vello con los labios, siento el olor amargo de la infancia. Rozo con mi lengua la cáscara, muerdo la carne brutal. Rueda el néctar de muerte hacia la tierra, arde su brillo. Destruyo con los dientes, beso todas las lágrimas. Clavo con hambre su cuesco, su profundidad. En la herida, la sangre ácida se derrama.

Mi cuerpo es un cuchillo que atraviesa otro cuerpo.

La carne tibia del sauce, su íntimo aliento, su piel. El agua se tiñe de sangre bajo la luna. Quebré la rama del árbol, quebré mi pescuezo en la roca. Me durmió la herida, luciérnaga transparente. Mi cuerpo flota por el río con la inocencia de los niños que lloran.

El sueño final de Ofelia enardecida, la música de las iglesias, el patio de las monjas, las tardes, las nueces, los duraznos y el sol.

Las ciudades en mi interior volvieron a incendiarse, por sus calles avanzó la fiebre.

La muerte con sus labios de niña me amortaja, me besa con su boca de piedra.

Esa noche soñamos con un templo profano, oculto en el fondo del mar o en el medio de una ciudad griega o egipcia. Manuscritos de África y Palestina envejecían en los estantes, sus líneas eran devoradas por cientos de ojos hambrientos. Las hojas de los árboles de papel, magnolias transparentes florecían en los jardines, los pavos reales abrían su cola, se abrían las ventanas a la luz del sol. Alejandría, el universo en los depósitos subterráneos, en el puerto vertiginoso con aroma a pergamino, en el Antiguo Testamento, más antiguo en Babilonia.

¿Te acuerdas del incendio que provocó el César? Corrimos por las escaleras apretando contra el pecho los poemas de Tito Lucrecio Caro. Despertamos con el corazón ardiente. Nada queda en nuestro cuerpo, nada. No hay ruinas, solo palabras. No hay piedras sobre la tierra ni lámparas ni cerrojos de la biblioteca que imaginamos.