Guido Mazzoni

Florencia 1967

Ha escrito los libros de poesía La scomparsa del respiro dopo la caduta (1992), I mondi (2010) y La pura superficie (2017, Premio Pagliarani 2018, Premio Napoli 2018), y los ensayos Forma e solitudine (2002), Sulla poesia moderna (2005), Teoria del romanzo (2011) y I destini generali (2015). Ha sido traducido a varios idiomas. En 2019, fue antologado en francés (Grammaire. Choix de poèmes). Colabora con los periódicos La Repubblica y Il Manifesto. Vive en Roma.

Esta persona no significa nada para ti. La penetras por inercia,
por la lógica de la noche, casi todo escapa de ti,
la angustia que sientes al despertar comprueba que estás solo.
Medio dormido recuerdas las uñas imperfectas,
los líquidos sobre las sábanas, las rupturas que se abren
entre las palabras que has dicho, entre las palabras
que no has dicho, los detalles
de esta persona, su irrealidad, su horrendo
acento dialectal. Es el día siguiente,

los pasajeros, en la línea seis, llevan afuera los propios rostros,
las nubes desfloran los vagones, desde el vidrio se coge
la naturaleza de caja, de reparo, de las casas humanas.
Desde hace un tiempo los eventos resbalan sobre mí,
no me tocan. De este lado
estoy con ustedes, otro corre dentro,
es invisible y está sobre mí
He proseguido más allá de la última parada,
Étoile, sin una razón,
miraba a los otros, quería destruir o entender.

El psicoanalista le aconseja de no ver imágenes al despertar, de despertarse lentamente para «recuperar el significado de la propia presencia», pero el Isis, en el sueño, ha decapitado dieciséis soldados Sirios en Liveleak y los quiere ver.

Un grupo de militantes arrastra a los prisioneros por el cuello del uniforme. La definición es altísima, las luces han sido bien elegidas, los hombres del Isis quieren parecer estatuas, los Sirios quieren parecer humildes; rasados y maquillados miran fijos a la cámara mientras el director encuadra la escena desde el bajo hacia el alto usando la cámara lenta para crear algo que esté entre el monumento y la película de acción. Los prisioneros caminan doblados en dos como ovíparos, como patos sin proporción; un tipo vestido de negro explica en Inglés porqué serán asesinados. Miran hacia nosotros desde una región interna remota con una especie de intensidad teatral, como si ésta no fuera su vida. Luego el tipo deja de hablar, los militantes sacan cuchillos, los Sirios son tirados a tierra. Son dóciles; son ejecutados con el mismo movimiento con el que se corta la carne en el plato moviendo la cuchilla hacia adelante y hacia atrás, infantilmente; y aunque si la sangre sale a borbotones, la cuadratura permanece perfecta, el último prisionero desangrado alcanza a alzar la mirada de nuevo hacia nosotros antes de perder la conciencia. Luego hay un corte, hay un efecto de montaje después del cuál las cabezas de los Sirios reaparecen apoyadas en las espaldas y empieza la música de la clausura. Es un video horrible. Es un video muy bello. Significa tantas cosas –wpor ejemplo que lo han visto, que han querido verlo, que éste gesto, matar a un enemigo, es humano y les reguarda, y quien sabe cumplirlo es fuerte, más fuerte de quien lo ve mientras desayuna en una sociedad afeminada, exteriormente pacífica, ocultamente cruel. Mientras apaga la computadora, termina de comer.

En la noche sale con un grupo de personas que por hábito llama amigos. Tienen más de cuarenta años, se conocen superficialmente como sucede entre los adultos, en medio de ellos hay un hombre veinteañero desconocido. Los cuarentones son algo, tienen algo y lo defienden (una pareja, un hijo, lugares comunes, la posibilidad misma de hablar de ello seriamente); el hombre joven no es nada y por lo tanto es libre, habla sin matices, como si buscase de cortar o de incidir, y como si nada tuviera peso. Él lo mira fijamente, lo odia íntimamente. Quisiera ser así. Lo ha sido veinticinco años atrás, después se ha vuelto más humano, menos lúcido, más indulgente, y hoy deja que el hombre joven sea el centro de la atención y hable con desprecio de un trabajo precario que lo avecina a las personas medianas, aquellas que piensan ser algo, absurdamente.

Después la cena termina y se abre aquel momento en el cual, después de los saludos, se miran las casas, los propios zapatos o las bolsas de la basura, se entiende que los otros no nos reguardan o no nos interesan. Acompaña a casa a una mujer con quien tiene una relación sin compromisos. Ella se está acercando más de cuanto han acordado; él se protege fingiendo de no entender. Comienza un diálogo donde las palabras significan otra cosa, un discurso oblicuo y lleno de rencores que cada pareja conoce y que no les describo; continúa por horas mientras la mente se llena de residuos: los uniformes de los prisioneros, el hombre joven, el gesto de cortar, una plétora de detalles, en la periferia de la conciencia, che no sabía de haber retenido. Piensa en un auto, un episodio de la propia adolescencia, en un palabra que nada tiene que ver como «exantemático» o «organoléptico»; piensa en las plantas y en los animales pequeños, en los insectos por ejemplo, en como cada uno de sus cuerpos existe en un enjambre y desaparece sin énfasis, sin creer ser algo. Es horrible. Es horrible pero no importa.

Traducción al español: Myra Jara