Héctor Hernández

Santiago 1979

Poeta, doctor en filosofía y literatura. Ha publicado Debajo de la Lengua (2009), La divina revelación, y las novelas-ensayo Buenas noches luciérnagas (2017) y Los nombres propios (2018). Obtuvo el Premio Pablo Neruda (2009).

Esos son mis mejores hombres
Descansan bajo la bóveda celeste
No diré sus nombres para no despertarlos
Respiran agitados incluso al dormir
Sus pechos se abren
Acomodan sus piernas entre otras
Caballos dirán quien los viera
Hermosos caballos en calzoncillos

No sé lo que sueñan pero sonríen
Encogen sus brazos por debajo de sus cabezas
Estiran sus espaldas y emiten dulces quejidos
Observo cada uno de esos cuerpos
Protuberantes cuellos
Endurecidas nalgas
Vellosidades que nacen en las piernas y terminan en las mejillas
Venas que se dilatan en el torso de las manos
Esta noche sus miembros descansan.

Irás a la guerra
Al regreso serás un hombre
No me importa que sangre tu sangre
Pronto comienzan las lluvias
Y nadie recordará.

Somos una nación de caballos
Cada nueva noche alguien va a despertar
De un sueño húmedo y de polvo
Que los cobardes temen
Como si fueran sus dioses invertidos
Devorándose a sí mismos.

Júrame que regresarás
Y que ya no serás un caballo
Cuídate de que no te amen
Huye hacia el mar
Nada entre las rugientes olas
Y aguanta la respiración hasta el anochecer.

Donde acaba el horizonte hay unas lluvias
Que caen en una catarata dorada
Allí podrás beber agua y esperar el alba
No respires cuando cruces los bosques
Tampoco cuando no haya luna.
No dejes de orientarte por las estrellas
También por las piedras del camino.

Tocaré el tambor toda esta noche
Y las que quedan hasta que regreses
Le hablaré de ti a los colores
De que fuiste a la guerra y que serás un hombre
Volverás a dormir junto a mí
Yo vi las señales en la resina de los árboles
Ya no era negra y tampoco amarga
La maleza dejó de cubrir la tierra
Y el aire volvía a ser tibio en mi rostro.

La guerra de los hombres llegará a su fin
La guerra y su pestilencia
Acá te esperaré con mi tambor.

*

Regresaron unos pocos
Decenas de brazos y piernas quedaron en la oscuridad
Eran las piedras más hermosas
Sus espaldas traían las marcas de otras espaldas
Su sangre era del color del amanecer
Los caballos resplandecen cuando se van
A su paso la comarca se impregna de su aroma húmedo
Jadean como si el aire fuera una señal que se extingue.
Nunca esperes un caballo que regrese de la guerra.
Mañana a una nueva partirá.