Javier Bello

Concepción 1972

Profesor de Literatura en la Universidad de Chile. Ha publicado los siguientes poemarios: La noche venenosa (1987), La huella del olvido (1989), La rosa del mundo (1996), Las jaulas (1998), letrero de albergue (2006), Espejismo (2010), Estación noche (2012), Los grandes relatos (2015) y la antología Exhumación de la Fábula (2016). Recibió el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez (2006) y el Premio Pablo Neruda (2007).

Ya oigo caer con fúnebres golpes
la leña que retumba en el empedrado de los corrales.

Baudelaire

Disolver por completo el instrumento para que el fósil regrese del trance
y se ponga a gritar en la puerta. ¿Qué puede hacer el azar
cuando encuentra a su madre de frente? La idea negra
de los pentagramas zumba como el insecto tras las piernas que se abren.
Charles entrevió el infinito que retumba. Retumba.
Retumba su dádiva y su trino, su tormento.
Sin esperanza, allí no hay nadie que te mire de vuelta a los ojos.
La música se aferra al cuerpo como el pensamiento ata el
hambre a su jaula.
El teclado no debe ocupar toda la escena.
Desahuciada órbita de la letra, la filigrana anuncia el orificio,
sostiene la pupila en el faro hasta que las piernas se cruzan, infiltradas
de sí se besan para siempre sin miedo,
gemelas venturosas brillan en el cielo de la muerte,
ocultan el ojo de la putrefacción.
El intérprete quema las naves, el crepúsculo hace una mueca,
las sonrisas falsas se notan en las fotografías, nadie saca su cámara
las tardes tristes, las horas envenenadas, cada primavera
los deudos mienten a la misma sepultura, piden a Dios,
miran por el ojal el vientre atormentado,
todavía hablan de él cuando vuelven a casa.
Duelen los dedos después de construir un tendal,
la madera del hacha late sobre la piel como una trucha en el agua,
el ojo desmenuza un camino de piedras,
más allá del visillo un cráter, una cabaña en el bosque, una pila de leña.
Hay algo tras el muro que se dilata y silba aunque no quiera escucharlo,
algo entre los juncos no me reconoce y vuelve la cara.
Ese rostro de barro se tuerce en las algas,
cruje en el lagar con los hollejos del vino,
es el mismo que lame la sien de los suicidas,
el mismo que aúlla en las estampas que evocan libertad tras las lindes.
Ha venido el infinito a dormir a casa, ha tocado la puerta,
nadie en el hospital de lo invisible.
Aquí no sopla el viento sino su partitura,
música salvaje, cisne de la úvula,
los papeles se arrugan en el patio, en mi pecho la hoguera,
la marea arrastra el teclado hasta el muelle,
un beso entre los labios de la tierra.
Ganglio y estertor, he decidido disolverme.