Jorge Cid

Cañete 1986

Jorge Cid es Poeta y Doctor en Literatura. Ha publicado Labia Larvaria (2009) y Éxodos (2018). Su poesía ha sido reconocida con el Premio de los Juegos Florales Gabriela Mistral (2005).

Atardece en Tánger como un cuchillo de sangre,
faltan los niños que vivieron el hambre,
y que ahora sueñan ríos de pan imaginario
por huella que su olfato apresa y que la realidad aletarga
artera, pánica y maloliente.
En las fantasías estéticas del tolueno
bajo red de estrellas y armadura pasicoactiva,
vas varando por ríos gélidos de Europa,
toxicómano adolescente.
Te lloran en África —por una vida mejor, dicen—
cuando fracasas estruendosamente en pocilgas
con jeringas que no renovó sanidad,
en caletas de un Mapocho que el invierno parisino arrasó
sembrando azules máscaras sobre tu exilio racial.
Dos rupias para cerrar sus párpados, señores.
París es un diluvio extraño, donde almas niñas
tiñen de crónica roja el frontis de los grandes almacenes
de esa moda que jamás lucirás
por las veredas de Tánger.

He visto a las mejores autómatas
destruirse ante el infierno de una negación.
Sin jugar a los encubrimientos:
Yo ahora escribo
desde la ruina.
Porque mi mano aventuró
otro tacto que me supo a vida nueva
y no fue sino sólo un enigma de la caducidad.

Las fechas de esa borrachera
fueron faustas
porque no habrá pérdida de conciencia
tan cercana a la continuidad
como la venida tras libar el alcohol
que esa piel destilaba.

Quise esa borrachera todo el tiempo
y si creí en algo extraterreno
fue para pedir
la vigésima quinta hora donde habitar con esa sombra
el infinito.

No tuvimos reparo en gemir como perros.
Era también parte del encantamiento
un ir en otros roles, pero cuando ahora
por ti me sale un aullar por la carne,
me pudro en esta condición
y soy un perro cuya hambre
no perdona al mundo.

Gozamos la noria hasta más allá que chillara.
Gozamos en ese ring sin importar quien gobernara
porque la ecuación dominante dominado
en el tálamo no era oposición
sino juego de comunes uniones.

En la oscuridad de mi estado
mi mano palmotea torpe en la incerteza,
da secretos golpes contra sí,
como un reflejo que subsiste,
como un eco que persiste más allá de la existencia de un grito,
como un placebo
que logra la ilusión de vida.

Juegos de color y efectos de sombra
de tales elementos se constituye la realidad,
pero desde mi voz
sufro el daltonismo del abandono
y el tanto peor espasmo de la ceguera.
¡No tengo la realidad!

Mi sitio es el sitio de donde vine,
una materia deshonesta que se quiere dignar de sí,
pero que es analfabeta
y no halla palabras para serse.

Te aúllo
y sé que no oyes
porque este aúllo se ha vuelto imperceptible
encerrado en su intensidad
como una secreta estrella
que muere virgen
en la víspera de su hoyo negro.