Lola Koundakjian

Beirut 1962

Nació en una familia armenia en el Líbano. Se mudó a Nueva York en 1979. Escribe en armenia occidental e inglés, y ha publicado dos poemarios: The Accidental Observer y Advice to a Poet. Organiza la Sociedad de los Poetas Muertos Armenios. Lanzó el Proyecto de Poesía Armenia en 2006.

“Una mujer armenia”, Charles Zacherie Landelle (1821-1908)
Colección Wallace, Londres

Viste ella su atuendo y joyería tradicionales
el día de su boda, o tal vez en el bautismo

de su hijo, su primogénito en brazos de sus padrinos,
la procesión al altar, el sacerdote que unge

al niño con el agua y lo bendice.
Entonces, ¿por qué esa mirada de tristeza?

¿Es una premonición que gravita en su pensamiento?
Un siglo nos separa, mas yo quisiera decirle

que ella estaba en lo cierto. Hay tantas ejecuciones
y deportaciones, sin justicia o reconocimiento.

Quiero saber su nombre. ¿Sobrevivió su familia?
¿Pudiera ser que sea yo su descendencia?

En el segundo piso, lejos de los bares caros
y de los merenderos del área de restaurantes
me senté apoyada en el suelo frío bajo luz muy débil
para escapar a las nubes de los cigarros.

Los trasnochadores formaban camas improvisadas
en el Aeropuerto Internacional de Sheremétyevo
distantes de los clientes enojados por los cajeros inservibles
y del alegre ruido del bar irlandés bajo la terraza.

Por qué las aerolíneas imponen una escala de 15 horas
que la mayoría parecemos soportar,
“sobre todo para vaciarle
los bolsillos, mi estimado”.

Junto a los baños, un accesorio más permanente
los etíopes que buscan estatus de refugiados duermen
sobre cartones bajo mantas de las aerolíneas
y se solazan con comida regalada.

Responden a mis preguntas en un inglés perfecto;
me dicen que lo intentaron sin suerte en Cuba, y
desde luego, Moscú parece buena posibilidad, aunque
sus sonrisas lo saben bien.

Estuve dos semanas en Ereván y pensé en ellos,
respirantes de aquel aire nauseabundo del aeropuerto. Y, durante
aquella más breve escala en mi viaje de regreso,
ya no los encontré.

During visits to the West Village
I find myself stopping at this old haunt –

a pilgrimage for the senses
to a café unchanged

since before the day I set
foot in New York City.

Towards the left, patrons sit on iron
backed chairs and carved wooden benches

their drinks resting on
marble topped tables.

In the center, the WC’s narrow door
quoting Dante’s Inferno - abandon all hope, Ye who enter.

On the walls painted a medium brown,
artworks hang, the ceiling and moldings

bow slightly, listening to classical music
playing through invisible speakers.

The original owners have passed on
and the laws have made it smoke free

but little else has changed in this caffé
since the 30’s; neither the size of its menu,

nor the strength of its delicious coffees,
the affordable pots of tea and sandwiches.

Patrons still sit in dark corners, wearing black,
craving to be enveloped in smoke.

Souls eavesdrop the sound of an espresso
brewing, and steamed milk gurgling.

In this caffé one searches for the Beats and
hippies and the enchantment of Bohemian life.