Leonardo Sanhueza

Temuco 1974

Poeta y narrador chileno. Ha publicado los libros de poesía Cortejo a la llovizna (1999), Tres bóvedas (2003), La ley de Snell (2010), Colonos (2011) y La juguetería de la naturaleza (2016). Ha recibido el Premio Internacional Rafael Alberti (España, 2001), el Premio de la Crítica de Chile (2011), el Premio de la Academia Chilena de la Lengua (2012), el Premio Pablo Neruda (2012) o el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía (México, 2015).

El todo es más sencillo que las partes,
pero lo ignora y vive así, cegado
por la vastedad de sí mismo,
como la nieve,
que presume de su blancura
porque no puede ver su fondo oscuro
ni la secreta artesanía de sus cristales.

No bien llegamos a Chile cuando quedé huérfana
y me convirtieron en la hija prestada de los Blazer.
Crecí entre ellos, jugué con sus niños y recibí
el amable calor de su chimenea, pero muy pronto
mis bracitos apalearon la ropa en el río, y así aprendí
qué significaba ser la hija prestada de los Blazer.
Pero Cinderella encadenada nunca vio lo que yo: una hoja
que giraba, firme en un hilo de araña, como un pitbull
aferrado a la cuerda de su condición idiota y mortal,
o mejor: una rusa de malla blanca y moño de hierro,
bañada en su torbellino por la luz de la poursuite,
mientras la música tintineaba desde la estación
su tictic y su tictac, el dedo índice en lugar de la flecha,
el parpadeo en clave Morse junto a la hoja
que giraba, firme en un hilo de araña, frente al pecho
crecido y sudoroso de Cinderella, a escondidas
de la madrastra. Y cuando me llevaron al juez
yo dije: ¿cuánto valen las veinte hectáreas
que ganaron los Blazer al anotarme suya ante la ley?
Y: ¿cuánto valen veinte años de siembra y de cosecha?
Y: ¿cuánto, señor juez, vale el traje dominguero
que le compré a mi telegrafista con dinero de los Blazer?
Así que me largué de ese fregadero a la ciudad,
y ahora sonrío mientras oigo un traqueteo de telegramas,
y su mano tiembla en la mía, junto al bello reloj suizo
que puse en su bolsillo, y la cadena que brilla.

No sooner had we arrived in Chile when I became an orphan,
made into the Blazer’s borrowed daughter.
I grew up amongst them, played with their children, was warmed in
the amiable heat of their chimney; it wasn’t long before
my little arms were beating clothes in the river, however, and soon
I learned
what it meant to be the Blazer’s borrowed daughter.
And yet, Cinderella in her chains never saw what I saw: a leaf
in pirouette, firm in a spider’s thread, like a Pitbull
secured to the rope of its own inane, mortal condition,
or better: a Russian in white leggings and iron bow,
her spin bathed in the light of the poursuite,
while from the station, the music jangled
its tictic and its tictoc, index finger replacing arrow,
the blinking in Morse Code joined to the leaf
in pirouette, firm in a spider’s thread, before the
slick, swollen chest of Cinderella, hiding
from the evil stepmother. And when they brought me before
the judge, I said: how much are those twenty acres
the Blazers earned for making me theirs in the eyes of the law?
And: how much are twenty years of seeding and planting worth?
And: how much, Your Honor, is the Sunday suit—the one
I bought for my telegraphist with the Blazers’ money—worth?
So I left that home to go to the city,
and now I smile listening to the clatter of telegrams,
and his hand, and that beautiful Swiss timepiece
with its gleaming chain, which I slipped in his pocket,
tremble in my own.

Traducción al inglés: Tim Benjamin