Mané Zaldivar

Santiago 1953

Académica, ensayista y poeta. Ha publicado los poemarios Artes y oficios (1996), Ojos que no ven (2001), Naranjas de medianoche (2006), Década (2009), Luna en Capricornio (2010), Bruma (2012) y Mano abierta (2018). Ganadora en el concurso Textos de Mujeres 1997: Poesía y Ensayo, del Consejo Nacional del Libro.

Suenan hueco contra el suelo las naranjas del naranjo al caer
en la noche
sobre la terracita para la hora del té.

Desde la cama tibia
el golpe estremece a la familia
como la paletada de tierra
con una que otra piedra
golpeando el cajón del último enterrado

Son naranjas de medianoche, esas que sangran al amanecer

1. Arriba

Tanto pariente, tantas cosas, tantas casas,
tanto empeño, tanto trabajo, tantos desvelos,
tanto embeleco sobre la cómoda, tanto papel revuelto
por todo el piso y hojas blancas y sucias con pies y
manos y labios en la solitaria pieza vecina y
tanta familia reunida y ruido, y ruido y
tanta foto a color y en blanco y negro y
la familia ante todo, cuidado con las palabras y
el comentario y ese gesto procaz que los niños
uno nunca sabe, el ejemplo, el ejemplo, ¿a ver,
haber?

Tanto orden, tantos cuidados, tanta norma, tanta educación
tanto viaje, tanto comentario, tanta lindura, tan habilosa,
tanto cubierto y servilleta y mantel con plato y copa,
tantos manjares, y fuentes y bordados en el mantel.
Tan cumplido es un encanto, un verdadero encanto y
tanto éxito, tanta fineza, tanto deber, tanto deber siempre
para que lo gocemos todos, en postales, en recuerdos,
qué responsable, el deber ante todo el deber siempre
¡qué amor, pero qué amor!

Tanto adjetivo, tanto adverbio, tanto grito
tanta soledad y hambre en el estómago,
¿dónde está el sustantivo y la cocinera
y la cocina, para comer con las manos y en silencio?

2. Abajo

Una suave y pesada cortina de pestañas,
una fragante mortaja de lino en el iris,
un destello eterno de luz en la pupila,
ocultan tras un astigmatismo sagrado,
tornasol,
bastillas mal planchadas, costuras desprolijas de vestidos
avaros olores escondidos de ratas que no besan la mejilla,
geografía decadente de venas azuladas sobre lechosos cauces
y una cancha limpia por donde recién
hace un par de horas pasó,
implacable,
la hoja de afeitar.