Natalia Ravera

Santiago 2000

Poeta y actriz. Ha participado en talleres literarios.

La peste
se encarna
en la extrañeza.
Mentiras
colapsan cuerpos
con el fenómeno
observado.
El colectivo
tras el actor
sin sentido
se desgarra.
Pero él
sigue actuando.
Un solo brindis
Será el último beso
de despedida.
Ovación y
olvido.
La misma rutina
su muerte
en el
escenario vacío.

Mis párpados flotan arriba del cuervo donde cabemos los dos.
Enormes armazones metálicos me aprietan los dedos,
empuño la mano.
Mis párpados están, en verdad, secos,
están bajo hielo, negros.
Llueven los fierros
y yo tengo las cuencas sin ojos.
La ausencia cristalina se extiende como piel transparente,
donde impactan las gotas rasgadas,
en ellas se refleja el rascacielos de asbesto que sobrevuela el cuervo.
Entonces salta el temerario desde el último piso,
en un hilo cae la cascada,
revienta en el suelo y ahí se derrama.
Pero las pozas no son acuosas, sino grasosas, ásperas,
de pronto,
entre los óleos húmedos surgen uno a uno tus rasgos,
las huellas forman torsos arenosos encima de infinitas piernas
y los vaivenes rítmicos dibujan tu cara suspendida.
La voy a tocar, pero no me puedo mover,
estoy sobre una capa roja inundada, enferma,
si no tuviera los ojos negros, vería mis pies titilar como piedras
puntiagudas en el río.
Quisiera tener los pies tibios.
Yo no sé nadar.
Mañana el cemento hirviendo llenará de grietas rojas mis pies
y no podré caminar más contigo.