Patricio Manns

Chile, 1937

Cantautor y escritor chileno de vasta trayectoria. Figura de la Nueva Canción chilena en los años 1960. Luego del golpe de Estado de 1973 se exilió en Francia, donde compuso obras junto a Horacio Salinas, popularizadas por Inti Illimani. Como escritor, ha publicado cerca de veinte novelas, tres poemarios y una decena de ensayos. Entre otros reconocimientos, recibió el Premio Municipal de Literatura de Valparaíso (2005) y la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral (2018).

El amor es un orgasmo entre dos lágrimas
La lágrima es un lago rodeado de estertores
El estertor es un volcán de viento
El viento es el camino de los cantos
El canto es un misterio de la boca
La boca es un abismo antes del pecho
El pecho es otro abismo entre dos sangres
La sangre es el motor que nutre el acto
Y el acto es lo que mide los espacios
hasta aquí enumerados.
La cabeza es un nudo sobre el cuello
El cuello es un largo istmo entre dos selvas
La selva es el ancestro del desierto
El desierto es un cuerpo ya bebido
Beber no amaga el fuego en la conciencia
La conciencia es otro reloj de arena
La arena hace del cacto un rey antiguo
Lo antiguo nos modela como a un niño
Un niño es el pasado de los cuerpos
Y el cuerpo es un combate que se pierde.
Y así la vida es un espacio exacto entre dos muertes
La muerte es un espacio exacto entre dos fuegos
El fuego es un espacio exacto entre dos fríos
El frío es una llama bajo cero
El cero es el silencio antes del número
El número es el verbo matemático
Lo matemático es el cálculo de la realidad
La realidad es lo único increíble
Lo increíble es lo que no podemos
Y lo que no podemos es lo que queremos.

El hacha nació amistosa
cuando la forjó una mano
que solo buscaba airosa
un poco de bosque sano.
El hacha cortó temprano
la leña que nutre el fuego
donde se doraba ciego
el pan de todas las mesas
y apostaba a la certeza
del hambre saciada luego.
Con el paso de unos largos
siglos de rasgos muy duros,
el hacha extendió su apuro
a las selvas en letargo.
Y allí comenzó el amargo
tiempo, en que el bosque entreabierto,
abrió la puerta al desierto,
y el desierto a la sequía.
Y la sequía a los días
de chubascos tan inciertos.
El hacha se hizo violenta,
ya no midió el hachazo:
cortó de manera cruenta
dejando los bosques rasos.
Mucho árbol cayó a su paso,
muertos de mala fortuna,
sin utilidad ninguna,
y el bosque entró en cautiverio
pareciendo un cementerio
calcinado por la luna.
El hacha es un reloj hueco
que marca la hora del bosque:
y aunque de furia se enrosque
el páramo más reseco,
y cambie el río su eco
y el leñador su prenombre,
no cambia lo que por cierto
consigue el hacha en su nombre:
el bosque precede al hombre
pero lo sigue el desierto.