Thomas Harris

La Serena 1956

Profesor de Español por la Universidad de Concepción. Ha publicado Zonas de peligro (1985), La forma de los muros (1985), Diario de Navegación (1986), El último viaje (1987), Alguien que sueña, madame (1988), Cipango (1992), Noche de brujas y otros hechos de sangre (1993), Los 7 náufragos (1995), Itaca (2001), Encuentros con hombres oscuros (2001), Tridente (2006), Lobo (2007), Las dunas del deseo (2010), La batalla de Ebr(i)o (2014). En 2017 se publica la antología En el mismo río (1985-2015). En 1993 obtuvo el Premio Municipal de poesía, y en 1996 el premio Casa de las Américas.

Pero la lluvia era salobre, Almirante,
y duró tantos años
que la ciudad se fue borrando,
los muros desmoronándose,
los braseros de las putas que ardían en Bulnes
poblando la noche como de lámparas vivas
se extinguieron,
y con ellos se extinguió el amor,
ya no había línea del horizonte, puntos cardinales,
nos fuimos quedando sin
deseos.

Bajo la sombra de un muro encalado,
entre las consignas eróticas, apenas nos
rozábamos los cuerpos. No sé si previo a todo
ya estábamos condenados. Había más cuerpos
entre nosotros, no sé si muchedumbres,
pero no estábamos solos. (Yo entonces recordé
que Genet quería que la representación teatral
de Las sirvientas fuera personificada por
adolescentes pero en un cartel que permanecería
clavado en algún vértice del escenario se le
advertiría al público la investidura y la ficción)
pero no estábamos en el teatro: yo quise tomarte
el cuerpo en la oscuridad; había más cuerpos
entre nosotros, no sé si muchedumbres; los cuerpos
tenían ojos los cuerpos no tenían ojos: jamás sabré
si había ventanas o si estábamos a la intemperie;
es una barraca como las de Treblinka dijo alguien,
pero yo escuchaba como en onda corta los sonidos
de la ciudad. Nunca sabré si hubo una ventana,
pero se filtraba sobre el muro blanco el fulgor
verde de un aviso luminoso y en el delirio que
acompaña al amor, en el delirio impune en que
terminábamos todos, comenzamos a imaginarnos cosas:
yo, en la penumbra, te abrazaba el cuerpo pensando
que te abrazaba el cuerpo en la claridad: el letrero
luminoso verde del Hotel King sobre el muro
era el único sol.

Estábamos en el teatro. No estábamos en el teatro.
El teatro era la ciudad y la ciudad era el Mundo.
Pero el mundo era una barraca como las de Treblinka.
Esas sirvientas que nos traen la comida
son adolescentes rubios
disfrazados de carceleras dijo alguien, entre la muchedumbre,
porque estábamos en el teatro; pero no estábamos en el teatro:
estábamos en la ciudad y
el letrero luminoso verde del hotel King
era el único sol. Igual yo escuchaba los sonidos de la ciudad
como en onda corta, en la lejanía, tras los
muros blancos. La vida tomaba la forma de los muros
y el letrero luminoso verde refractaba
sobre la forma de los muros, como único sol.
A veces, por las noches, desaparecían aquellas refracciones
enrarecidas, porque llovía. Pero siempre llueve
en Concepción. Entonces todos somos prisioneros lívidos, empapados,
porque Chacabuco 70 está llena de goteras
y todo el edificio se llena de agua, tanta agua.
Pero no estábamos en Chacabuco 70.
Nuestro Mundo es una barraca, como las de Treblinka
dijo alguien entre la muchedumbre empapada;
pero no estábamos en Treblinka. Estábamos en el teatro:
en Chacabuco 70:
un cartel que permanecería clavado
en un vértice del escenario vacío
se lo advertía al público.