Victoria Herreros

Santiago 1988

Poeta y nutricionista. Publicó el poemario Beatriz (2017), que ha presentado en performances musicalizadas. Ha participado en festivales en República Dominicana y México, y en diferentes eventos de slam. Obtuvo los juegos florales de Valparaíso (2016).

El cielo se nos vaciaba encima,
las viejas sonreían,
y siempre les faltaban algunos dientes,
así como tantas otras cosas,
los hijos jugaban en sus cunas,
cajones de fruta instalados bajo los manzanos,
todas las manzanas estaban prohibidas,
las picoteaba un pájaro que sobrevolaba el barbecho
gritando cuándo sepultar la papa con el azadón.
La siembra terminaba justo antes del anochecer,
cuando todos nos convertimos en siluetas,
pájaros negros en la noche,
queltehues graznando amenazas en el descampado,
uno de ellos nos sacará los ojos,
como si fuera un cuervo, y lo hubiéramos criado.
Enfrentamos al viento más despiadado
y eso nos hizo más antiguos que el mundo,
nuestras sombras estremeciéndose frente al fuego
son atávicas del tiempo en que apenas éramos humanos,
somos la breve memoria de los que se pierden en el camino
y se van quedando en barcitos oscuros, y de la mala muerte,
como si existiera un buena.

En esta casa,
todos los espejos están rotos,
desde que no estás,
nos reflejamos desfigurados y por partes,
tus bellas fotografías ocupan su lugar,
pero están malogradas, y descoloridas,
como un viejo recuerdo, con medio cuerpo en el olvido,
porque tu nombre no se pronuncia,
porque tu ausencia nos acompaña desde lejos,
pero implacablemente,
porque un pájaro gris vino una noche a buscarte,
y se desangró por los ojos,
porque le sostuviste la mirada,
hasta que, ciego se azotó contra todo lo que podía trizar.
En esta casa,
todas las ventanas están quebradas,
las dejamos así,
porque te esperamos con ansias,
pero tu recuerdo póstumo
se fractura pisando los cristales desperdigados,
porque el retorno es una mera ilusión,
en la que aún insistimos en creer,
nadie retorna, menos tú,
porque el pájaro gris
te vigila con ojos rojos desde lo eterno,
porque las tumbas son prisiones certeras y absolutas,
porque no cerraste los ojos ante lo inminente,
porque no te queda carne en los huesos,
y porque desde que no estás, tu nombre no se pronuncia,
tu nombre no se pronuncia, Beatriz.