Verónica Jiménez

Santiago 1964

Escritora y periodista. Ha publicado poesía, narrativa y ensayo. Ha publicado los poemarios Islas flotantes (1998), Palabras hexagonales (2002), Nada tiene que ver el amor con el amor (2011; publicado en italiano en 2014), La aridez y las piedras (2016) y la plaquette Catábasis (2017). Es autora de la novela Los emisarios (2015). Con su ensayo Cantores que reflexionan. Cultura y poesía popular en Chile (2014) obtuvo el Premio Mejores Obras Literarias del Consejo del Libro en 2012. Obtuvo el Premio Municipal de Literatura en 2017.

Nosotros que tuvimos que pasar
por tantos puertos llenos de agitación
pernoctando en pequeñas lanchas
azotadas por la lluvia y por las olas
y que fuimos a un tiempo
alegres ebrios a bordo de cargueros sin destino
y silenciosos marineros abandonados en la bahía
nosotros que algún día soñamos en lechos
extensos como las velas de los barcos
y construimos un hogar sobre el viaje de las aguas
bendecidos por la música del mar en la noche
anclamos ahora en esta oscura rada
como náufragos arrojados a su suerte
vomitando espuma
con los pies enterrados en la arena
y la piel herida por la sal.

Sepan, mis queridos hijos, que los soldados que me prendieron fueron cien; me dieron en el rostro ciento seis bofetadas; me levantaron del suelo por los cabellos veintitrés veces; fui angustiado y atormentado ciento setenta veces; me dieron mil seiscientos setenta y seis azotes atado a la columna;

caí en tierra desde el huerto de las Olivas hasta la casa de Anás siete veces; tropecé en el camino del Calvario cinco veces; derramé ciento dieciocho mil doscientas gotas de sangre; me dieron veinte puñadas en la cara; fui herido treinta y dos veces en las piernas; tuve diecinueve heridas mortales, setenta y ocho llagas mayores; mil picadas de espinas soportó mi cabeza; me molieron a puntapiés ciento cuarenta veces;

suspiré ciento nueve veces;

extendido sobre la Cruz me escupieron setenta y tres veces; los que me seguían del pueblo fueron doscientos treinta; tuve mil ciento noventa y nueve llagas cárdenas; fui tirado y arrastrado por la barba setenta y ocho veces; los que me llevaron atado fueron tres;

Y era uno solo el demonio, quien
sentado sobre un urinario
dirigía a la canalla
con azotes de sus siete lenguas.

Mi abuelo esculpía lápidas en el fondo de la casa. Como si atravesara la sombra de un espejo, entraba serio y callado en la antesala de la muerte, premunido de un punzón con el que abría tajo sobre piedras y granitos. De la primera herida extraía el nombre del difunto, de entre una multitud de rostros extraviados. De la segunda sacaba una astilla de luz que guiaba sus manos para componer el sagrado corazón o el martirio, cuyas visiones apaciguan el luto.

Los grandes dedos de mi abuelo, entrenados en la delicadeza de los símbolos pequeños, revelaban la forma de espinas, aureolas o párpados suplicantes, latentes desde siempre en la materia. Su padre, un inmigrante que jamás habló de su patria, le había enseñado a labrar la piedra y a revocar sepulcros. Con los años, siendo viejo él también, conjuraba, como su maestro, muchas fechas de nacimiento y muerte.

No alcanzó a tallar sobre la tumba de su padre la inscripción que diría: “La muerte es el país que amabas”. Nunca imaginó la suya. Tan solo dos años quedaron grabados en su nicho: 1921–1982. Esos fueron los límites de su eternidad.